lunes, 7 de diciembre de 2015

A LAS SOMBRAS (Relato breve)

Al pensar ya estaba en el trecho oscuro y solitario de esa calle y el miedo empezó a alborotarse. Más adelante estaba la farmacia y era urgente que ella la alcanzara. Apretó la cartera y el bolso de las medicinas contra su pecho y apresuró el paso. Creyó ver que -más adelante- algo se movía tras unas sombras leves. Ella se dijo que no podía andar alimentando el miedo que ya sufría. Sólo unos cincuenta metros y ya alcanzaría el cruce con la avenida, con mayor tránsito y luces. De nuevo la sensación de movimiento y esta vez no había dudas. Una persona, a un lado de la calle, atravesaba ramas de oscuridad. Parece un indigente, se dijo. Él caminaba por la orilla derecha, en progresión lenta. Ahora el temor de ella era más concreto, menos ficticio. Apuró más el paso, casi corriendo, mirando o creyendo ver al hombre que caminaba en paralelo. La imaginación conspiraba en contra, al representarse al hombre viniendo a lastimarla o algo peor. La respiración se le desbordaba, y más ahora que el indigente había desaparecido. Miraba a los lados, detrás, esperando que las terroríficas manos la sujetaran. Pero ya estaba a unos pasos del cruce con la avenida y pronto estaría al frente de la farmacia. El hombre de la oscuridad debió haber quedado atrás… Entonces fue cuando ocurrió... 

Unos pasos detrás, un celaje joven con un suéter gris con capucha y unos brazos fuertes tratando de arrebatarle la cartera. Allí olvidó la premisa de dejar que le robaran para proteger la vida, pues sólo pensaba en los récipes médicos que –de perderlos- retrasarían la obtención de las urgentes medicinas. El muchacho tenía algo metálico, afilado, en una mano, pero no lo usaba porque empleaba las dos para jalar el bolso. Ella puso la vida en retener aquéllos papeles que representaban vida. De pronto, una sombra salió de la nada y golpeó con algo al joven ratero, que se volvió sorprendido. Otro golpe le anunció que no se bromeaba. Algunas personas de la avenida se acercaron ante los gritos de ella. El ladrón volvió sobre sus pasos y se perdió raudo entre las sombras. Ella se volvió a ver, casi a imaginar, la espalda del indigente que sin mirarla se alejaba con pensada lentitud.  

Diplomado: Gestión en Socialización del Conocimiento Científico y Tecnológico


Esta es una simple propuesta que aún hay que mejorar mucho...

PAUTAS CURRICULARES

El presente diplomado propicia el desarrollo de conocimientos/ habilidades en servidores públicos, para potenciar la gestión de la socialización de la ciencia en el país. Ello implica necesariamente el despliegue de procesos que afiancen en los participantes modos específicos de democratización del saber.  En consecuencia, esta experiencia formativa debe garantizar la posibilidad de que personas y colectivos participen activa y críticamente en la construcción de sus aprendizajes, desde el horizonte de la conformación de una cultura científica en el país, autónoma y pertinente. Se trata, en síntesis, de generar un ambiente formativo, un clima propicio y orientaciones y estrategias de facilitación pertinentes para que los participantes compartan críticamente con sus compañeras/os de diplomado sus experiencias en gestión para la socialización de la ciencia, y proyecten al futuro acciones más efectivas y pertinentes en sus ámbitos comunitarios e institucionales.     

No obstante, para lograr lo anterior, es necesario problematizar tanto el quehacer científico dominante, como las pautas educativas y curriculares imperantes. Así, se hace necesario desmontar y desintegrar progresivamente las estructuras fundantes de una sociedad en crisis, que intensifican diariamente situaciones globales de injusticia, inequidad y asimetrías;  Una organización internacional del conocimiento, manejada desde las grandes corporaciones,  caracterizada por la fragmentación, el individualismo y la competencia, y una educación plegada al capital internacional, productora de egoísmos que se niegan mutuamente.  Por otra parte, diversos colectivos del mundo asisten a una búsqueda compartida de fundamentos para repensar y reasumir la vida, la búsqueda del conocimiento y la condición formativa, invocando las cualidades de la sociedad que pretenden, viviendo en el día a día la justicia y la equidad, reorganizando el saber social desde la democracia cognitiva, generando condiciones de solidaridad y búsqueda compartida.

Dos dimensiones
El diplomado, por tanto, asume dos dimensiones de aprendizaje que, en el trabajo cotidiano, están indisolublemente unidas.

1.    La reflexión crítica sobre lo que se hace, por qué y para qué de los procesos de gestión de procesos de socialización del conocimiento científico, que pasa por una evaluación profunda del trabajo de cada quien, y su impacto organizacional y comunitario.  Esta reflexión incluye, necesariamente, una mirada cuestionadora al quehacer científico dominante. 
  
2.    La prefiguración de esas acciones de cara al futuro, integrando las realidades locales y regionales, el tipo y los alcances del trabajo que se desarrolla, con los requerimientos demarcados por el marco jurídico nacional y los planes del estado venezolano.

El horizonte común
No obstante, no podemos reducir ninguna acción formativa a la mera conformación de competencias, puesto todas nuestras acciones como ciudadanos están comprendidas en un horizonte mayor. La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV), al ubicarnos en un estado democrático social de derecho y justicia, nos exige el énfasis en los valores de  vida, libertad, justicia, solidaridad, democracia y responsabilidad social (art. 2).  Así, en cualquier espacio formativo que asumamos, tenemos que plantearnos cómo estarán presentes estos valores, por lo que hemos de construir espacios de respeto, de participación, donde hablamos de la vida y sus posibilidades, de lo justo, de lo equitativo.

Por otra parte, la misma CRBV nos otorga el mandato de que la soberanía reside en el pueblo (art. 5), quien es el beneficiario directo, en este caso, de la acción educativa. Así, este diplomado tiene como destinatario final el Poder Popular en la democratización del saber y la participación comunitaria, para la reconstrucción del espíritu público en los nuevos republicanos y en las nuevas republicanas con profunda conciencia del deber social (art. 103 CRBV).


Nuestra concepción de currículo
El término currículo, del latín currículum, que significa a la vez carrera y carro (vehículo),  tiene diversas connotaciones, entre las que predominan la que lo iguala a un plan de estudios, y la que lo identifica con un listado de competencias/valores. En el presente caso, es preciso retomar el significado originario, entendiendo que al hablar de carrera, no implica un campo disciplinario, sino una trayectoria de vida. De esto se trata cuando hablamos del currículum vitae.

En este sentido, currículo implica un momento de la vida total de los seres humanos, relacionado con situaciones de aprendizaje profundo, integral. Un momento que integra dialécticamente una reflexión sobre procesos de vida, y el avizorar posibilidades de nuevos caminos por crear. En síntesis, de cara al presente diplomado, se entiende currículo como una situación formativa, que coloca seres humanos en situación de aprender desde la crítica y la autocrítica, y la construcción compartida. Esto se refiere a modos específicos de generar aprendizajes y conocimientos desde la vida y para la vida, desde el diálogo y la construcción colectiva, desde lo transdisciplinario y lo transmetodológico.

Fundamentos del diplomado
El presente diplomado se fundamenta en los siguientes ámbitos.

Andragogía. Disciplina que promueve el aprendizaje desde la experiencia,  desde los proyectos vitales de las personas, en la búsqueda de una formación integral y significativa para personas y colectivos.

Educación popular. Propuesta formativa que supone una visión crítica de la realidad y el establecimiento de bases y condiciones para transformarla.

Humanismo. Se basa en el supuesto de que el ser humano es lo más importante, visto en todas sus dimensiones: valores, experiencias, saberes, afectos, habilidades/ destrezas,  relaciones, entre otras.

Educación permanente. Visión de la educación que sostiene que ella ocurre en todos los lugares y en todos los momentos, y todos los miembros de la sociedad intervienen en ella.

Sistematización. Proceso de construcción compartida de conocimientos, a partir de los procesos personales y comunitarios de vida, tendente a incrementar niveles de consciencia y a mejora el trabajo cotidiano.

La democracia participativa y protagónica. Lineamiento de la política del estado venezolano que nos ofrece la posibilidad de las personas intervengan activa y críticamente en la generación de políticas, estrategias y acciones concretas, para el beneficio de todos. En este caso, viabiliza el desarrollo de saberes construidos entre todos, académicamente válidos y socialmente pertinentes.

Líneas curriculares estratégicas
1.    Formación desde y para la vida. La vida de cada participante, en cuanto al desarrollo de procesos de socialización de conocimiento científico, tecnológico y de innovación, es el eje central del proceso formativo, en tanto será objeto de estudio, de análisis crítico y de posibilidades de redefinición en búsqueda de una mayor eficacia y efectividad.

2.    Creación de un ambiente de aprendizaje propicio para el logro de un aprendizaje profundo.  Se refiere a la necesidad de que participantes y facilitadores generen un clima de respeto, tolerancia, diálogo fraterno, pero a la vez de fomento de crítica y autocrítica, y de problematización de los modos de trabajo de cada cual, con el fin de potenciar y desarrollar nuevas y más eficaces estrategias de trabajo.

3.    Acción protagónica para la liberación y el compromiso social. Desde la crítica y autocrítica profunda, y la reinterpretación situacional de las directrices del estado venezolano, cada participante reflexionará, consigo mismo y con los demás participantes, en torno a su papel, su trabajo, su compromiso social, sus fortalezas y aspectos por desarrollar, los condicionantes sociales e institucionales que afectan su desempeño, así como de los lineamientos y formas específicas que debe asumir en  su trabajo de socialización del conocimiento.

4.    Construcción de proyectos de vida/aprendizaje. Todo lo anterior debe sintetizarse, para cada participante, al menos en la formulación de un proyecto de aprendizaje, que refleje el horizonte, los posibles escenarios, el compromiso, las líneas estratégicas y propuestas de acciones concretas, los modos de evaluación permanente del trabajo, los tiempos y los espacios, enfocado a la potenciación del trabajo de socialización del conocimiento científico.

Evaluación del diplomado:

La evaluación ha de ser permanente, y ejercida simultáneamente por todos, participantes y facilitadores.  Las líneas de acción propuestas son las siguientes:

Ø  Se evalúan los aprendizajes generados y consolidados durante la realización del diplomado.

Ø  Todos evalúan y son evaluados,  mediante ejercicios sistemáticos de autoevaluación, interevaluación y evaluación de los facilitadores del programa.

Ø  La evaluación es permanente, y todos establecen al final los aprendizajes logrados. El peso de la evaluación personal recae en cada persona, mediante la demostración de sus logros.

Ø  Participación activa en las dinámicas grupales, desde las experiencias docentes concretas, en interacción con otros y otras participantes del programa, generación personal y colectiva de saberes y de proyectos para el mejoramiento permanente de la práctica cotidiana.






ETICA DESDE LOS MOVIMIENTOS EMERGENTES DE NUESTRAMERICA




Intentamos caracterizar la ética en Nuestramérica (América Latina) desde la conformación histórica de los actuales movimientos sociales. Lo hacemos bajo el supuesto de que tales movimientos tienen como cualidad primordial la superación de milenarias situaciones de opresión, injusticia e inequidad a las que históricamente han sido sometidos nuestros pueblos y naciones. Y, en esa búsqueda emancipadora, pueden irse creando las bases para la construcción colectiva de nuevos e inéditos estadios sociales.

¿Desde dónde miramos?
Entendemos que la ética es expresión de momentos y condiciones históricas muy específicas. Siendo este el caso, hablar de ética es asumir sin reservas posibilidades de reinterpretar permanentemente la historia. El caso de Nuestramérica, por ejemplo, nos habla de un proceso que, desde el siglo XV hasta hoy, ha estado signado por perennes invasiones: de España-Portugal primero, y luego de Inglaterra y Estados Unidos. Tales invasiones han traído consigo procesos de coloniaje y vasallaje que implican formas de sometimiento de nuestras sociedades americanas en lo político-militar, lo socioeconómico, lo lingüístico-cultural y lo institucional.
Lo anterior se traduce en que estos procesos seculares de dominación, incorporados a los llamados aparatos ideológicos de los estados, nos han hecho asumir el discurso implicado en ellos. De esta forma, hablamos el lenguaje de los que intentan dominarnos, como si fuese el nuestro.
En consecuencia, nos han hecho suponer que la humanidad toda, tras sucesivos intentos, ha logrado el estadio final de un proceso de civilización creciente, que lleva implícito el progreso, lo bueno, lo noble. No sobra decir que –desde esta óptica- existen países que supuestamente se acercan más que otros a tal estadio: los Estados Unidos y otros países europeos, tales como Inglaterra, Alemania y Francia. Y, por ende el papel nuestro como pueblos latinoamericanos sería el de  imitar a tales avatares.
Este discurso que nos inunda desde la organización social dominante y desde los mensajes que emiten las grandes transnacionales de la comunicación, nos han convencido de algunos supuestos desde los que, inconscientemente,  orientamos nuestra vida, es decir, una ética del vasallaje. Por ejemplo:
1.    La competencia feroz entre seres humanos ha de ser nuestro estado natural. Pues desde una supuesta evolución, la competencia está inscrita  en nuestra naturaleza, y se liga con la búsqueda de supervivencia. En otras palabras, para sobrevivir hemos de competir entre nosotros y nosotras a ver quién se queda con los recursos. Sólo los más aptos quedarán (el darwinismo social).

2.    Siendo la competencia la “forma natural” de la vida, el Estado ha de responder a ese supuesto. Así, mientras menos regulaciones y controles ejerza el estado, mejor podremos desplegar nuestros mecanismos competitivos para sobrevivir. Extrañamente, si en el mundo animal los menos aptos perecen, en nuestras sociedades se supone que el éxito de unos puede terminar ayudando a vivir a otros individuos no tan capaces, eso sí, si se pliegan a las normas de los triunfadores. Así, la libertad es fundamentalmente la libertad de competir y avasallar.

3.    Si en el mundo animal  la vida misma y el potencial genético de los vencedores son indicadores de éxito, en las sociedades humanas lo es la apropiación del capital, llave de la obtención de recursos (capital). Quien más acumula, manda.

4.    En el mundo social competitivo, la naturaleza es sólo una mercancía más, otra fuente de riqueza, y de esa forma hay que tratarla. Cabe exprimirla y saquearla sistemáticamente para obtener sus tesoros. Eso han tratado de enseñarnos.

5.    Esta visión materialista, competitiva, se ha erigido desde la desacralización creciente del mundo, la desaparición progresiva de la espiritualidad, del mundo metafórico vivo, el predominio de ciertas posiciones científicas y cientificistas que reducen toda la riqueza vital a meros procesos materiales observables y medibles.

A partir de esos supuestos, podemos construir algunas pautas implícitas en la ética dominante. Son esquemas que muchas veces rigen nuestros comportamientos desde las sombras, sin que lo sepamos plena y conscientemente. Y, usualmente, mientras tendemos a valorar con fuerza estos valores impuestos, atribuimos una gran debilidad a ciertas características ínsitas en nuestra conformación histórica: la empatía, la fraternidad, la cooperación y la solidaridad.
La ética desde la visión colonizada:
Desde la óptica de la visión que nos ha sido impuesta, se concibe que…
Ø  Somos seres individuales, solitarios, amenazados por otros seres humanos, siempre a la defensiva. En vez de unirnos con ellos y ellas, se supone que debemos enfrentarlos y enfrentarlas para apropiarnos de las cosas. Hemos de ser personas “exitosas”, “triunfantes”, para obtener las cosas y los símbolos que nos asegurarán la vida que queramos tener, aunque para ello tengamos que atropellar y someter a otros seres humanos, o subyugar y hasta destruir la propia Naturaleza. Eso lo haremos con la fuerza de nuestros poderes y recursos, o con los modos en que hemos podido desarrollar la llamada viveza criolla.
Ø  Somos seres hetero-referenciados, cuyas pautas para mirarnos y reconocernos están en los patrones culturales impuestos. Así, podremos asumir el supuesto progreso y la civilización en la medida que dejemos de parecernos a nosotros mismos (como latinoamericanos) y seamos cada vez más semejantes a como se supone son las personas y las naciones “exitosas” de los Estados Unidos, y acaso de Europa. Entonces, nos han hecho creer que no éramos nada hasta que fuimos “descubiertos” y “civilizados” por otros pueblos. Y éramos ociosos y perezosos hasta que emigrantes de  otros continentes vinieron a constituirnos como verdadera sociedad.
Ø  Lo anterior hace que podamos llegar a despreciarnos como pueblo (negar o tergiversar nuestra historia, nuestra cultura, nuestro lenguaje), para intentar encarnar los prototipos vomitados por los aparatos ideológicos de los colonizadores. De esta forma, lo indígena, lo campesino, lo ancestral, que traen consigo relaciones de mutualismo, confraternidad, constituyen “pesados fardos” de los que tenemos que liberarnos para entrar de verdad en la modernidad.
Ejemplo de lo anterior, en el caso de Venezuela, se manifiesta en que el espacio fundamental de identidad hasta ahora predominante responde –con vaivenes y bemoles- a la historia de occidente. Es decir, muchos venezolanos se sienten parte del mundo occidental, de su relato de progreso creciente  (con sus modos de vida, sus valores, su tecnología), en contraposición con lo indígena, africano, árabe, incluso asiático, que para ellos representa lo primitivo, lo inferior, lo salvaje. Y por ello hay amplia resistencia ante propuestas y estrategias de estado que tiendan a alejarnos de esos patrones. 
Y estas creencias son tan fuertes que, a pesar de las crisis mundiales (económica, política, social, cultural, ecológica) del sistema capitalista, que no sólo afectan ya en gran magnitud a las naciones pobres, sino también a las más emblemáticas (como los Estados Unidos, Inglaterra, Francia), muchos siguen  sintiendo que de lo que se trata es de emprender los propios negocios, posicionar nuestros proyectos empresariales en el sistema económico mundial y ser exitosos y exitosas. Como si tales crisis constituyesen apenas un mal sueño del que pronto despertaremos, y no situaciones límite que han de llevarnos a cambiar radicalmente nuestras visiones de futuros posibles.  

Nuevos escenarios sociales en América Latina
No obstante lo anterior, en América Latina las cosas han empezado a cambiar. Entre otros, hay dos factores que propician estas transformaciones: los ensayos políticos a gran escala –desde políticas de estado-, como por ejemplo en Venezuela, Ecuador y Bolivia, y los llamados movimientos sociales. Enfatizaremos en estos últimos.
Hablar de movimientos sociales es referirnos –a lo largo de nuestra historia- a una diversidad de iniciativas organizacionales integradas a las vidas cotidianas, que implica en sí acciones insurreccionales, con una escasa división del trabajo, donde los propios colectivos dan y ejecutan las órdenes de modo simultáneo. Estos movimientos sociales alimentados por las fuerzas sociales emergentes (movimientos de género, indígenas, negros, defensores del ambiente, entre otros), inician luchas reivindicativas que luego han pasado a constituir proyectos político-culturales que apuntan a nuevos procesos pluralistas de civilización, realmente planetarios, posracistas, poscoloniales y probablemente posmodernos
Los movimientos latinoamericanos están constituidos por comunidades vinculadas a la naturaleza como medio y sentido de vida (por ejemplo indígenas, campesinos), experiencias locales urbanas (organizaciones comunitarias, propuestas artísticas), modos de acceder o reinventar lo laboral (movimientos de trabajadores), reivindicación de etnias y de identidades ancestrales (indígenas, afrodescendientes), reafirmación de género y de libertad sexual (movimientos feministas y diverso-sexuales)… Entre otros.
Podríamos ver entonces los movimientos sociales como conjuntos de personas que, como colectivos organizados, inventan y asumen  acciones que en sí mismas se integran en diversos ámbitos (económico-social-cultural-ancestral-político). En el despliegue de estas acciones, se favorecen las situaciones de encuentro, intercambio e integración social. Ello supone que, como seres humanos, todos somos iguales ante la ley y ante Dios, tenemos las mismas posibilidades y las mismas oportunidades. La naturaleza y la forma en que nos relacionamos entre sí, y no las propiedades adquiridas, definen lo que somos. La sociedad es, en consecuencia, una configuración de personas-colectivos, interconectados entre sí. Cada colectivo, en relación con los otros, desde sus ámbitos específicos, imprime dirección y sus propios rasgos a la vida social.   

¿Y cómo miramos la ética desde estos movimientos sociales?
Queremos referirnos a los movimientos sociales como sujetos colectivos que, desde sus vivencias cotidianas, encarnan utopías concretas que –bien leídas e interpretadas-  pueden darnos señales de las sociedades del futuro que aspiramos construir. Nos cuidamos de idealizar tales movimientos, pues sabemos que se originan y desarrollan en estas sociedades latinoamericanas que, como hemos visto, están signadas por situaciones de injusticia, inequidad, asimetrías. Y estas condiciones inevitablemente están presentes en todos nosotros, hasta que mediante profundas reflexiones y procesos de solidaridad crecientes, podamos minimizarlas.
En nuestro proceso revolucionario venezolano actual no hay dualidad entre la ética (normas y pautas para la acción personal) y la política (ideario y proceso de acciones colectivas). El coloniaje-vasallaje secular está presente en nuestra cotidianidad y nuestras relaciones cotidianas, por lo que cualquier acción en nuestra familia, nuestra vecindad, con nuestras amistades, en nuestro ámbito laboral, es tan política como la organización política propiamente dicha. En cualquier espacio social en que nos movamos podemos cuestionar y reconstruir el tejido social heredado de los colonizadores, en lo  socioeconómico, lingüístico-cultural y lo institucional, en aras de nuevos ensayos sociales. Así, cualquier posición que asumamos desde la ética, es también una posición política.

¿Cuáles pautas éticas podemos aprender de los movimientos sociales?
Por ejemplo, desde los movimientos sociales latinoamericanos, la ética se asume como superación de un estado de cosas y encarnación de utopías concretas, vivenciales. Veamos las siguientes pautas:
1.    La sociedad actual, cimentada sobre la desigualdad, la opresión, la injusticia y la exclusión nos condiciona para la competencia inclemente entre seres humanos, para la explotación y la subordinación. En cambio, las búsquedas de nuevos estadios sociales nos convidan a vivir y trabajar en armonía, solidaridad, confraternidad. Constituyendo el tejido de lo colectivo, mediante el diálogo constante y profundo, nos convertiremos en protagonistas de procesos históricos inéditos.

2.    Nuestro núcleo fundamental de identidad no está en el mundo capitalista occidental colonial, sino en las luchas por la liberación de múltiples pueblos, desde nuestros ancestros indígenas, pero también los pueblos árabes, africanos, asiáticos… Nos identificamos, no con formas sociales que suponen la cima de la evolución humana (el fin de la historia), sino con aquellas otras que luchan para liberarse de yugos y sometimientos de potencias imperiales y sus vasallos.

3.    Desde la óptica de las luchas por la emancipación y la creación de nuevos esquemas civilizacionales basados en la reciprocidad, la confraternidad y la construcción social colectiva en equidad, el estado no puede minimizarse, ni dejar suelta la competitividad salvaje, sino que debe ser un actor fundamental en la fundación de nuevos marcos jurídicos y nuevos horizontes de organización social, donde todos los seres humanos –sin excepción alguna- seamos protagonistas de nuestros procesos de vida solidaria.  

4.    Estas posiciones, lejos de considerar la naturaleza como un reservorio de materias primas que amerita ser explotada y saqueada, nos la presenta como una madre cósmica y material (la pachamama), como un organismo vivo que nos contiene y del que somos parte, y al que debemos respeto y amor.  

5.    Este camino que emerge desde los movimientos sociales necesariamente está acompañado de una forma de reencantamiento del mundo, de una revitalización creciente de la humana espiritualidad –que no tiene que ver con ninguna  religión-, con la reconquista de los universos metafóricos, con una visión cotidiana anegada de poesía en movimiento.

¿Hacia una ética de la liberación?
Un camino posible para liberarnos en solidaridad y propiciar la transformación radical de nuestras formas relacionales hacia el buen vivir, pasa por el establecimiento de relaciones dialógicas con las personas que tienen que ver con nuestros ámbitos cotidianos, por el avance por convertirnos en colectivos de aprendizaje constante,  por el ensayo permanente de procesos y proyectos socioproductivos, sociales y culturales, desde el amor y el respeto a la Naturaleza, teniendo como eje una mirada latinoamericana y mundial.
Tal camino implica un trabajo cotidiano para abrir y sostener espacios de diálogo con sentido entre personas, desde su originariedad y diversidad, es decir, entre artistas, intelectuales, sabios ancestrales, científicos, comunidades de sabedoras y sabedores, para reinterpretarnos, para recrearnos desde nuestra historicidad actual, para reconstruir nuestros tejidos culturales integrando lo ancestral y lo contemporáneo, en aras de generar las condiciones para vivir nuestras utopías concretas.
Lo anterior nos coloca ante la posibilidad de ensayar siempre formas de liberación progresiva con familiares, amigos, organizaciones, instituciones, países, regiones –entendiendo que todos son también espacios políticos- en la construcción de nuevas formas, esquemas, pautas de relaciones solidarias y cooperativas, de redes solidarias de producción y socialización de bienes para la vida de todos.

Para esto, parece necesario inventar sistemas de aprendizaje, saberes integrados e integrales, más allá de las instituciones educativas tradicionales, inmersas en todos los espacios sociales, siempre compartibles, siempre transformables. 

¿QUE NOS DICEN SIMON RODRIGUEZ Y PAULO FREIRE HOY A LOS EDUCADORES?

Las líneas que siguen pueden ser consideradas un ejercicio de imaginación reflexiva. Partimos de un estudio de dos educadores latinoamericanos cuyas obran aún iluminan nuestro hacer como educadores.
Luego, intentamos esbozar puntos de encuentro entre el pensamiento de ambos, y formularlos como mensajes para nosotros, los educadores latinoamericanos de este tiempo. Sólo son ideas generales, que requieren luego de una mayor profundización y sistematización.
Los maestros (en el pleno sentido del término) Simón Rodríguez y Paulo Freire, desde sus particulares momentos históricos, y desde sus propias prácticas de vida, han generado pensamientos y estrategias tanto de resistencia al orden imperante como de creación de nuevos espacios y propuestas sociales. Sus propuestas, altamente pertinentes durante sus vidas, aún resuenan y nos retan en el momento actual.
SEMBLANZA DE AMBOS MAESTROS
Simón Rodríguez (1769-1853), venezolano de nacimiento,  vivió un proceso de transición histórica, de la colonia a la república. Luego de finalizada la guerra de la independencia, intentó construir en diversos espacios de América Latina su proyecto de educación popular, bajo los ataques constantes de los nuevos y viejos poderes dominantes. Planteaba la necesidad de poblar América con sus propios habitantes, y fijaba la mirada especialmente en los excluidos de entonces: zambos, mulatos, negros, indios, etc. Los niños de estos grupos sociales entrarían en escuelas limpias, acondicionadas con talleres bien dotados, y asumirían la educación como medio de  trabajo productivo y organización social. Desde aquí, edificarían valores y costumbres que les harían ser auténticos ciudadanos constructores de república.
Paulo Freire (1921-1997), nacido en Brasil, también vivió un momento de transición histórica. En su país natal, y en toda la América latina, se consolidaba el capitalismo voraz, arrasando con las formas de vida tradicionales. Esto propició una feroz lucha entre los poderes (civiles, militares), y Freire sufrió la represión y el exilio. La palabra y la lectura son conceptos cardinales en la propuesta freiriana. El sometimiento por parte de los grupos dominantes lleva a gran parte de la población a ser excluida y silenciada. Por lo tanto, el que las personas asuman el ejercicio de la palabra es un acto revolucionario. El diálogo verdadero permite ir alcanzando progresivamente una consciencia crítica que, al descubrir los mecanismos sociales de dominación, conduce a un proceso de liberación personal y colectiva.  
Es claro que hay diferencias entre las propuestas de ambos maestros. Los momentos históricos vividos por cada uno de ellos abría retos y configuraciones sociales muy particulares. Rodríguez concibe la educación desde el trabajo productivo como eje de organización social, mientras Freire supone la educación como un ejercicio directo de la palabra que desvela y reconstruye la realidad. Rodríguez se apoya en ideas de la ilustración, y el socialismo naciente, dando preeminencia a la razón y a la organización comunitaria del trabajo productivo. Mientras Freire sustenta su pensamiento en la fenomenología y el marxismo, y en el ejercicio compartido del afianzamiento de la consciencia crítica que conlleva la liberación plena del ser humano. 
No obstante, y es lo que nos interesa en estas línea, hay grandes puntos de convergencia entre Rodríguez y Freire. A continuación, intentaremos señalar algunos.
COINCIDENCIAS ENTRE RODRÍGUEZ Y FREIRE
Tanto Rodríguez como Freire se oponen a las autoridades constituidas (políticos, militares), y a los poderes en ascenso (nueva oligarquía y burguesía), en tanto estos imponen condiciones de pobreza, inequidad, injusticia y excluyen del poder, de los derechos, del trabajo y de la política a grandes porciones de la población. Estos sufren a diario las estrategias de dominación, que abarcan desde la explotación material (esclavismo, manumisión, trabajo asalariado) hasta la colonización de la consciencia (sujeción a las autoridades constituidas, defensa de las estructuras sociales existentes).
Ambos maestros, Freire y Rodríguez, propenden a la búsqueda de formas sociales más justas, más solidarias, que incluyan a todos sus pobladores. No obstante, no plantean una sociedad ideal tipo, sino que suponen que se construirá colectivamente.  Insisten en darle protagonismo pleno, como sujetos sociales y políticos, a todos los excluidos y a los silenciados. Nadie ha de quedar fuera. Esto es un aspecto vital (revolucionario) de sus planteamientos. La vía relevante para lograr esto es la educación, como práctica social a la vez que política,  para sustentar la transformación radical de la sociedad. Ambos dan importancia primordial a la pregunta, al desarrollo reflexivo, a la relación formación-trabajo, desde lo que se es y lo que se hace, destacando la presencia de la ética (solidaridad, compromiso), así como el saber hacer (el trabajo, la organización).
UN MENSAJE DE FREIRE Y RODRIGUEZ A LOS EDUCADORES DE HOY
Así, en un ejercicio de imaginación, los educadores latinoamericanos (y quizá también de otras regiones),  podemos leer hoy las enseñanzas de ambos maestros, para formular algunos trazos del trabajo socioformativo que requiere la sociedad de hoy.
¿Quiénes son los constructores de la sociedad? Son todos los seres humanos (sin excepción). Rodríguez y Freire hablan de construir sociedades, principalmente, desde los excluidos y silenciados. Esto lleva en sí una enorme carga revolucionaria. Implica que la sociedad entera ha de reconfigurarse para que todos vivamos en ella con dignidad y plenitud. No se trataría de “incluir” a todo el mundo en las instituciones que existen, ya de por sí limitadas y hasta viciadas, sino de abrir las posibilidades para crear todo de nuevo, desde la vida de los oprimidos.

¿Cómo se da la transformación de la sociedad? La vida cotidiana (las costumbres, según Rodríguez; la praxis, según Freire) de todas las personas, es la que irá perfilando la trama de relaciones que configuran la política, la economía, y hasta la cultura. Así, hay que tejer nuevas y más profundas prácticas dialógicas, solidarias, cooperativas, que realcen la humana dignidad, cada vez más incluyentes, desde un protagonismo colectivo.

¿Contra qué tenemos que luchar? Contra las formas de dominación y neocolonización vigentes. Los lineamientos y estrategias amenazantes de los organismos transnacionales (como el FMI, BM), amparados por fuerzas militares con alto poder tecnológico,  son reproducidos por los capitalistas y aliados internos, incluyendo algunos que se disfrazan de revolucionarios mientras amasan su cuota de capital. Estas fuerzas nos empujan a asumir un estadio de desarrollo plenamente capitalista, donde “el mercado” (que usualmente responde a alianzas entre transnacionales y nacionales) sea el rector de nuestras vidas. Por otra parte, hay otra forma de colonización más peligrosa, la de la conciencia (colonización cultural). Esta es la que realmente sustenta la concepción de libre mercado antes referida, y se ha arraigado en nuestros genes sociales, como si fuera propia. Esta colonización cultural nos posee, sin que apenas tengamos consciencia de ello. Nos hace mirarnos como mestizos, contrahechos e incompletos, ante la luminosa imagen del blanco occidental; nos hace valorarnos por las propiedades que tengamos o no tengamos, y por la capacidad que tengamos de consumir; nos impone una visión fragmentaria de la realidad, y una valoración dualista de la vida y de las relaciones sociales. Hace que pensemos y actuemos sólo desde nuestro ego, desde la inmediatez y el confort material, sin pensar en “cosas tan horribles” como la miseria, las guerras, la destrucción ambiental, entre otras; hace que la conciencia planetaria se reduzca a la duración de los shows televisivos… Todo esto enmarcado en una gramática civilizacional que nos define como individuos aislados, que debemos enfrentamos entre sí por los limitados recursos del planeta. 

¿Cómo se concibe la educación, desde Freire y Rodríguez? Como una práctica  libertaria, que apunta a la descolonización material y de la conciencia. Es una práctica socializadora, porque teje relaciones humanas solidarias; claramente política, en el sentido de transformar el mundo al tiempo que nos transformamos a nosotros mismos, siempre en relación con los otros.   Podemos apropiarnos estas enseñanzas, señalando que la educación no puede restringirse al sistema escolar formal. La educación tiene que desarrollarse en y desde la vida cotidiana (principalmente de los excluidos y silenciados); desde lo que somos, hacia lo que queremos ser: una sociedad cada vez más justa, solidaria.

¿Qué propicia la educación? Nos permite decir nuestra palabra, leer el mundo, problematizando la realidad y problematizándonos con ella. Desde la educación, vamos tejiendo libre y constructivamente nuestras historias (locales, regionales, mundiales). Nos apoya en la relación con otros,  organizándonos en el trabajo liberador y concientizador. El avance en esta dirección (concientización, organización solidaria, trabajo liberador) hará viable la creación de redes que, al unísono, desmonten el pensamiento y la cultura de la opresión, y creen aquí y ahora los espacios de la utopía que ayudarán a configurar la nueva sociedad.

Julio C Valdez





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